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lunes 21/04/2014

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El día en que Lorenzo se hizo hombre

Cuando hablamos entre periodistas y amigos en ese pequeño universo de los grandes premios uno de los temas más recurrentes es Jorge Lorenzo. Es curiosa la imagen que vierte al exterior y las dificultades con que se encuentra el piloto -él no piensa igual- para granjearse afectos.

 

No es del agrado de muchos, una mayoría, aunque mentiría si no cuento con que las corrientes de opinión han variado su curso en los dos últimos años. Jorge, ese tipo con aire chuleta, descarado y a veces altivo, es vacilón y cariñoso en la distancia corta. Es generoso -siempre-, ácido y hasta provocador cuando habla, siempre dando concesiones a la broma. A veces es un punto huraño, reservón, pero cuando se abre, es todo corazón. Y, por encima de cualquier análisis, es un niño. Un niño mayor, con unas cuantas vueltas por el mundo, un petate con cascos y unos cuantos años sumido en la velocidad, la peor -o mejor- droga del mundo.

Todo esto viene al caso de que este niño, al que la cámara -tampoco en esto él da nunca la razón- no trata bien, está empezando a darse cuenta de lo que es la vida. El sentido de la responsabilidad, la capacidad de elección, el vértigo de las frustraciones, hasta ahora fueron terreno minado para él, de siempre rastrillado por padres, mentores y tutores. Ahora, es un hombre. Y la elección de continuar con Yamaha le ha convertido en un hombre, de verdad, en cuestión de semanas. Uno no es hombre por lucir vello púbico, alardear de atributos o ser más valiente delante de un toro. El hombre lo es por su capacidad de raciocinio, de análisis, por saber tomarle la medida al riesgo, por adoptar decisiones relevantes, por el sentido de justicia, por el equilibrio, por saber cómo enfrentarse a un problema.

Y ante la disyuntiva más difícil de su carrera, Jorge se asomó con cautela. Vio el abismo, echó unos pasos atrás, pesó los inconvenientes y las ventajas con las manos, sin despegarse de la tierra, recibió consejos, los escuchó, meditó en soledad, se olvidó del mundo... Y dio forma a su futuro en esa coctelera suya que es la cabeza. Aparcó el corazón en la mesilla de noche y pensó, mucho. Pensó que es joven, que tiene mucho ganado, o nada, según se mire. Pensó que el dinero no da forma a la felicidad. Y decidió quedarse en Yamaha. Un año más. Para pilotar esa moto de 800 como si fuera una de 50cc, como él a veces siente. Y pensó que la gloria es más gloria cuando cuesta llegar a encontrarla. Ducati era una mina explosiva en medio de un campo fértil de billetes y una exigencia, una obligación de llegar y asumir el aserto romano de 'Veni, vidi, vici'... Yamaha, lo contrario. Seguir pinchando a Valentino, a su lado, sin la presión de tener que ganarlo pero siempre con la opción de hacerlo. Y en una fábrica que te quiere a toda costa.

Porque mucho debe valer Jorge Lorenzo para que Yamaha hiciera tantas concesiones a un 'novato' como él. Un año de renovación cuando a Valentino hace algunos años casi le vetaban al plantear esa opción, igualdad de trato mecánico, posibilidad de desarrollar -o empezar a hacerlo- la moto, incremento de la cuenta bancaria... Lin Jarvis, su mecenas al entrar en MotoGP, tuvo miedo de que pudiera huir. También parece que Masao Furusawa, el valedor de Rossi, por el que vendió casi su alma al diablo, sintió celos de su posible marcha. Porque Lorenzo es el futuro. "Nosotros ya tenemos a Rossi", dijo Furusawa en Laguna Seca. Pero la pregunta es: ¿Lo tendrán siempre? Porque el día que Valentino recoja los bártulos y meta la moto en el cajón, ¿quién les sacará del aprieto? Alguien debió sacar el nombre encima de la mesa: Lorenzo. Y acertó. Y el niño también. Para ir a Ducati hay una eternidad. O a Honda o a Plutón...

www.mircolazzari.com

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